Cacheuta no es lo que esperaba. Bajé del colectivo en un playón de tierra junto a la ruta, rodeado de unos puestos de artesanías cargados de tristeza.

Del otro lado de la ruta un par de bares, a mi izquierda un puente colgante peatonal, a mi derecha una calle de tierra serpenteando entre el montón de construcciones que parecían haber nacido de la misma tierra; restaurantes, cases de souvenires, bares, cervecerías, todas vestidas con el ropaje de la decadencia.

Puente de Cacheuta con la TECA estenopeica y Kodak Color Plus 200

Pronto empiezan a verse la entrada a las termas, y puestos donde te alquilan trajes de baño. Los turistas se juntan en la entrada, la cola tiene unos veinte metros; se amontonan, empujan, se muestran impacientes por meterse en algunas de las piletas que veo del otro lado; treinta o cuarenta desconocidos apretujados en una piscina, rozando sus cuerpos entrados en carnes, los más chicos corriendo de aquí para allá a los gritos.

Y sigo de largo. Busco algo de verdad auténtico en este lugar.  Y no lo encuentro. El mediodía se acerca y el sol comienza a derretir el cielo sobre mi cabeza, me refugio en uno de los bares del otro lado de la ruta. Junto con un café (malo) consumo el tiempo que demorará en llegar el colectivo que me devuelva a Mendoza capital

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